Indio

Se llamaba Oscar y tenía las facciones más perfectas que había visto en una persona: piel mestiza, ojos negros, cabello oscuro y lacio y una contextura bastante robusta para su edad.

Porque por aquel entonces Oscar era un niño de 13 años, un proyecto de adolescente con ganas de saborear la vida en vaso ancho y una curiosidad innata por todo lo que esta pudiera ofrecerle. Un niño del que yo, otra niña por aquel entonces, me enamoré de la única forma en la que alguien con esa edad puede hacerlo: sin peros, barreras ni condiciones.

Son los años y las decepciones las que, empeñadas en doblegarnos, nos condenan a vivir el amor con el freno de mano puesto, con miedo a dejarnos llevar, a sentir aquello que no hace tanto era tan rotundo y absoluto como un verano eterno.

Nos conocimos de la manera en la que uno se encuentra con las personas que más nos marcarán la vida: por casualidad.

Y desde aquella noche, nos empeñamos en que no fuera esta misma la que nos separase.

Ajenos a todo lo que nos rodeaba, saboreábamos cada momento, absolutamente convencidos de que aquel verano había sido escrito para nosotros.

Dos golpes secos en la ventana de mi cuarto anunciaban su llegada. Con la sonrisa de quien lo espera todo, abría la puerta de mi casa, dispuesta a exprimir a su lado un nuevo día, y antes de que mi madre intentara retenerme con alguna tarea absurda, salía volando y me colgaba de su cuello.

Pasamos aquel verano sin ocuparnos en otra cosa que no fuéramos nosotros: saltábamos muros para colarnos en piscinas a las que no habíamos sido invitados, corríamos por las viñas en busca de sombras inexistentes, hablábamos de todo y de nada, perdiéndonos de los demás en cada esquina que doblábamos.

Los días en que había suerte y su hermano no estaba, nos colábamos en el garaje y sacábamos la moto. Todavía con el bikini mojado y subidos en ella, íbamos por caminos de tierra a los pueblos vecinos, a probar otras piscinas, a vivir otros veranos que no eran el nuestro. Yo me sujetaba fuerte a su cintura y apoyaba la cabeza en su espalda. Y todo estaba en orden.

De vuelta a casa, nos dábamos la tregua justa para ducharnos y cenar antes de ir a alguna verbena donde bailábamos, cantábamos y seguíamos asombrándonos de nuestra suerte por habernos encontrado.

Pero ningún verano es eterno, y el nuestro también terminó.

Quisimos convencernos de que las cartas y el teléfono mitigarían la ausencia.

Y esperé noticias suyas, rezando a esa diosa caprichosa llamada casualidad, para que no nos separase y se olvidara de nosotros. Pero los dioses nunca escuchan. Solo quieren sacrificios.

Llegó esa carta, y esa llamada tan esperada. Y entendí que ya nada volvería a ser lo mismo, que no habría más veranos escritos para nosotros.

Aun así volví a buscarle, porque quería que supiera que, a pesar de todo, a pesar del tiempo, seguía estando a su lado.

Verano tras verano, sentada junto a su foto, le he ido contando lo que ha sido de mi vida, lo mucho que le sigo echando  de menos y lo difícil que ha sido, año tras año, ir despidiéndome de aquel proyecto de adolescente que se quedó en eso y con el que, treinta años después, hablo como si de un hijo se tratase mientras coloco, junto a su tumba, otro ramo de flores amarillas. El color que más le gustaba.

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